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INTERVENCIÓN SOBRE LA CONDUCTA EN NIÑOS
CON SÍNDROME DE DOWN
Emilio Ruiz Rodríguez
Introducción
Fomento de las conductas deseables
Consecuencias naturales
PRIMERA PARTE
Introducción
Fomento de las conductas deseables
Consecuencias naturales
PRIMERA PARTE
Introducción
El comportamiento de la mayoría de los niños con síndrome
de Down es semejante al propio de otros niños de nivel similar
de desarrollo y, en general, no presentan especiales dificultades en este
terreno (Buckley y col., 2005). Suelen tener una buena comprensión
social y les resulta sencillo aprender por imitación, por lo que
su conducta en situaciones interpersonales puede ser adecuada a la edad,
a pesar de sus retrasos en otros campos, como el lingüístico
o el cognitivo. No obstante, se estima que la prevalencia de trastornos
de conducta disruptiva es algo mayor que la que se aprecia en la población
general (Capone, 2007).
La integración escolar y la inclusión social parten de un
requisito previo ineludible: la presencia de unas competencias sociales
básicas y el dominio de las habilidades apropiadas para cada situación.
Uno de los factores que más dificultan la integración de
los niños con síndrome de Down en centros escolares ordinarios
y que preocupa especialmente a padres y profesionales, es la presencia
de conductas disruptivas o inadecuadas. Con ellas rompen la dinámica
de las clases, retrasan el aprendizaje y producen tensión en profesores
y compañeros.
Es esencial fomentar un comportamiento adecuado a la edad para que tengan
éxito en sus interacciones sociales, en la familia, en el entorno
cercano y en el colegio. Muchas dificultades potenciales pueden evitarse
estableciendo unos hábitos claros y unas directrices firmes en
la familia desde pequeños (Díaz-Caneja y Flórez,
2006). En otras ocasiones es la carencia de unas habilidades sociales
básicas el origen de las complicaciones. Se ha de comprobar también
si su actuación indebida o molesta es una forma de comunicación
que indica la existencia de una problemática añadida o de
algo que preocupa o angustia al niño. Las dificultades de expresión
oral, la presencia de un nuevo hermano, el nivel excesivo de exigencia
en casa o en el colegio, la ausencia de adaptaciones y apoyos que le permitan
seguir los contenidos escolares o su incapacidad para comprender las demandas
del entorno, son otras tantas causas que pueden explicar la presencia
de conductas inapropiadas.
Los compañeros del colegio o los hermanos pueden también
animar o provocar al niño con síndrome de Down para que
actúe de determinada manera y constituyen otro de los elementos
que se han de valorar y controlar. No obstante, la motivación fundamental
suele ser llamar la atención del adulto y los comportamientos problemáticos
se mantienen por la recompensa que obtiene el niño, por lo que
la intervención debe implicar un cambio en la actuación
de quienes le rodean. Si el adulto modifica su reacción, el niño
variará su conducta.
Fomento de las conductas deseables
La intervención sobre las conductas inapropiadas se comienza en
el momento en que se utilizan programas para que esas conductas no aparezcan.
Se ha de tener en cuenta que siempre es más difícil corregir
un comportamiento inadecuado ya consolidado que instaurar una nueva conducta;
de ahí que, teniendo en cuenta este enfoque preventivo, lo más
fructífero es desarrollar conductas deseables en el niño.
Establecer las que son incompatibles con el comportamiento inadecuado
es la primera estrategia válida para anular sus efectos, ya que
conforman una barrera inicial para su aparición. De forma simultánea,
se han de fijar normas y límites desde edades tempranas, así
como aplicar de manera sistemática y continuada programas de entrenamiento
en habilidades sociales para evitar que surjan las conductas disruptivas
(Verdugo, 1989; Caballo, 1993; Monjas, 1999; Izuzquiza, 2007; Ruiz, 2007).
Una medida muy útil es implantar unos hábitos diarios, estables
y predecibles desde la infancia; por ejemplo, en lo relativo al sueño
y las comidas.
Para fomentar las conductas deseables, comenzaremos por definir unas normas
claras y unos límites fijos desde los primeros años. Un
principio de funcionamiento válido es el que se basa en las 3 "R":
Reglas, Rutinas y Responsabilidades.
Se han de fijar unas reglas precisas, unas pocas normas que serán
explicadas al niño con claridad, así como las consecuencias
de saltárselas. Se cumplirá siempre y sin excepciones la
consecuencia prevista si no cumple la regla, por ejemplo, retirándole
concesiones o privilegios; y esa consecuencia será proporcionada
de la forma más inmediata posible. Es difícil que produzca
efectos beneficiosos sobre el comportamiento una medida como "por
el berrinche de hoy te dejo sin cine el sábado", o el consabido
"ya verás cuando venga papá a la noche". De hecho,
puede ocurrir que se le "castigue" por algo que ocurrió
mucho tiempo antes, en un momento en que el niño está actuando
bien, lo que evidentemente le producirá confusión, ya que
puede relacionar el castigo con lo que acaba de hacer. Por supuesto, cada
familia establecerá las normas que considere oportunas, diferentes
de unas a otras, pero lo esencial es que esas normas existan.
Las reglas aplicadas con constancia se consolidan como rutinas, que el
niño incorpora a su día a día con naturalidad. La
sucesión de actos repetidos hace la vida más previsible
y, por tanto, más segura para el niño. Los niños
con síndrome de Down manifiestan con frecuencia cierta perseverancia
en su conducta, comportamientos rituales, que algún padre califica
de "manías" y que les hacen parecer tercos y obstinados.
Es posible que ese exceso de orden en su habitación o esa tendencia
casi obsesiva a seguir unas rutinas diarias, constituyan para ellos una
forma de lograr una mayor sensación de control en su vida, que
les tranquiliza y ayuda a sentirse mejor. Constituiría una especie
de paraíso de tranquilidad que hace predecible un mundo que en
general les desborda y les desconcierta.
Por último, las rutinas repetidas se convierten en responsabilidades,
entendidas como tareas desempeñadas por el niño de forma
cotidiana, que asume con normalidad y que descarga a otras personas del
peso de pensar en ellas. Una labor realizada tras una orden o un recordatorio,
no es una responsabilidad. La responsabilidad no es tal hasta que se asume
como propia, y en el caso de los niños con síndrome de Down,
esto se logra con relativa facilidad a través de la repetición
frecuente de las rutinas.
Asimismo se puede utilizar el modelo del semáforo como estrategia
práctica.
" El semáforo verde indica las conductas que son admitidas
siempre, en casa o en el colegio. Sonreír, mirar a la cara, jugar,
hablar con compañeros, recoger sus juguetes o ayudar en determinadas
tareas en casa, han de ser verdes en todas las ocasiones.
" El semáforo rojo delimita las acciones que están
prohibidas y que en ningún caso y bajo ningún concepto serán
admitidas. No se grita, ni se empuja a otros niños, ni se consienten
berrinches, ni se pueden tocar los enchufes de la electricidad, en ningún
caso. En estas situaciones, se ha de decir ¡NO! con firmeza cuando
sea necesario.
" Por último, marcaremos en color naranja las normas que a
veces se aplican y a veces no, según la situación. Jugar
en la cama de los padres, poner en marcha el reproductor de DVD, utilizar
el ordenador de papá o tocar los alimentos con las manos, son comportamientos
que podrían o no admitirse, según el momento. Dadas las
dificultades que presentan los niños con síndrome de Down
para adaptarse a situaciones ambiguas y responder a imprevistos, las conductas
definidas como naranjas deberían de ser las menos posibles, pues
lo más probable es que les desorienten y no sepan cuándo
pueden y cuándo no pueden realizarlas.
Es evidente que todas las personas que rodean al niño han de respetar
y hacer respetar del mismo modo las normas. Las reglas que se establezcan
han de ser acatadas y obedecidas por todos los integrantes de la familia
o por todos los niños de la clase. No puede consentirse al hermano
mayor o a uno de los padres que se salte una norma que estamos exigiendo
al niño que cumpla; ese modelo le producirá desconcierto.
Asimismo, la falta de consenso entre el padre y la madre o con otros familiares
dificulta la consolidación de las conductas. Es el caso frecuente
de los abuelos, que consienten al niño conductas que los padres
están intentando erradicar y que hacen que el trabajo desarrollado
durante toda la semana pueda terminar tirado por la borda en apenas unos
minutos.
Se deben fijar unas rutinas cotidianas, unos hábitos, estables
y predecibles. Suele resultar muy útil la elaboración de
un horario diario por escrito, o con dibujos o ideogramas, que se ha de
colocar en un lugar visible, por ejemplo, en su habitación o en
la cocina (Targ Bril, 2005). En él se reflejarán las actividades
que el niño tiene cada día y la hora correspondiente a cada
una. Se pueden incluir los hábitos de autonomía básica
entre sus responsabilidades. 8:00. Despertar. 8:05. Vestirse. 8:30. Desayunar.
9:00. Ir al colegio. 9:30. Matemáticas. 10:30. Recreo... De este
modo, el niño sabe en todo momento lo que se espera de él
y en el caso de los niños con síndrome de Down está
comprobado que eso les proporciona tranquilidad y seguridad.
Se ha de reconocer al niño sus comportamientos adecuados, estando
pendientes de ellos. Lo habitual es que padres y profesores estén
más atentos a la conducta inapropiada, con el objetivo de suprimirla,
que a la correcta, que se da por supuesta. Pero esa tendencia lleva a
que el poder de la atención del adulto como reforzador se enfoque
precisamente hacia lo que no interesa. En general, hay que procurar que
al niño le sea rentable hacer lo que debe y eso se consigue prestándole
atención cuando actúa correctamente. Los incentivos y reconocimientos
se aplican inmediatamente después de que ocurran las conductas
deseables, no esperando al final del día para hacerle saber que
"hoy te has portado muy bien".
El mayor reforzador es siempre la atención del adulto, las muestras
de cariño y el refuerzo verbal, por ejemplo en forma de elogios
(Leitenberg, 1983). Se le han de reconocer sus progresos, mejoras y esfuerzos
privada y públicamente, en todos aquellos aspectos relacionados
con la conducta en que se haya mostrado algún tipo de mejoría.
El reconocimiento privado refuerza al niño en su intento de mejorar
y fortalece el lazo afectivo con él. El reconocimiento público
le ayuda a mejorar su autoestima y le compromete en su mejora delante
de otras personas.
Teniendo en cuenta que el aprendizaje por observación o vicario
es una de las principales herramientas de aprendizaje para los niños
con síndrome de Down, indudablemente los adultos han de ser un
buen ejemplo a imitar en las conductas que deseen fomentar. Pretender
que un niño esté tranquilo en un ambiente en que los gritos
son habituales, es poco realista.
Y como pauta general válida para todos los momentos y situaciones,
se le ha de decir con frecuencia que se le estima, que se le quiere, dándole
muestras de cariño y expresándole lo orgulloso que se está
de él o de ella. No basta con hacérselo sentir o darlo por
supuesto, sino que hay que decírselo y manifestárselo expresamente.
Consecuencias naturales
Cuando un padre premia o castiga a su hijo, está negándole
la oportunidad de tomar decisiones y de responsabilizarse de su vida.
En cambio, las consecuencias naturales y lógicas hacen que el niño
se responsabilice de su comportamiento y evitan que se haga sumiso. Permiten
aprender del orden natural y del orden social, siguiendo una lógica
semejante a la que rige el funcionamiento del mundo, natural y social.
En el mundo natural, si llueve, puedo utilizar el paraguas o no utilizarlo;
si lo uso me protegerá de la lluvia, pero si decido no usarlo,
me mojaré. En el mundo social, los niños que tardan en levantarse
de la cama llegan con retraso al colegio y tendrán que recuperar
las clases perdidas, además de sufrir una amonestación por
parte del profesor o un posible castigo. En ambas situaciones el niño
puede decidir lo que va a hacer, pero deberá asumir las consecuencias
de sus actos. No se le castiga por lo que hace, sino que tras elegir,
recibe las consecuencias que conlleva su decisión.
He aquí las diferencias esenciales entre el castigo y las consecuencias
naturales:
CASTIGO CONSECUENCIAS NATURALES
Expresa el poder de la autoridad personal Expresan el orden social
Se relaciona con el comportamiento inadecuado Dejan claro el comportamiento
adecuado
Hace ver al niño que es malo No implican ningún juicio valorativo
Enfoca hacia el pasado Enfocan el comportamiento hacia el presente y el
futuro
Está asociado a una amenaza Están basadas en la buena voluntad
Exige obediencia Permiten elección
Para instaurar conductas adecuadas, se pueden utilizar las consecuencias
naturales, organizando el día a día del niño de forma
que a cada comportamiento le sigan las consecuencias que le corresponden.
Por supuesto, producen mejores resultados si la conducta más agradable,
la que interesa al niño, se presenta al final. Si se definen con
claridad las normas y los resultados de las conductas, que ha de conocer
el niño con anterioridad, los padres dejan de ser quienes castigan
y pasan a ser supervisores de una normativa en la que se aplican las consecuencias
naturales de los actos de sus hijos. Para que sean efectivas, es preciso
hacer ver al niño la lógica de la secuencia.
Por ejemplo:
" Lavarse las manos - comer. Si no te lavas las manos, no comes
" Ir al baño - dormir. Si no haces pis antes de acostarte,
no puedes ir a dormir
" Vestirse - ir al colegio. Si no te vistes, no puedes ir al colegio
" 1er plato - 2º plato - postre. Si no comes el 1er plato, no
hay postre
" Poner la mesa - comer. Si no pones la mesa, no come nadie.
" Recoger los juguetes - jugar. Hasta que recojas este juguete, no
podrás jugar con el otro.
" Hacer las tareas - ver la televisión. Si no acabas los deberes,
no puedes ver la TV
Si observamos nuestro quehacer cotidiano, comprobaremos que el sistema
de consecuencias naturales es el que rige en muchas de nuestras actuaciones
y, de hecho, lo aplicamos de forma inconsciente con frecuencia. Evidentemente,
no puede establecerse un sistema de consecuencias naturales para todas
las conductas, pues muchas de ellas tienen sentido en sí mismas,
sin relación con nada de lo que ocurre posteriormente. No obstante,
se han de intentar incorporar a la rutina diaria siempre que se pueda
y son un apoyo ideal para el establecimiento de una normativa básica
en el domicilio.
NORMAS DE APLICACIÓN DE LAS CONSECUENCIAS NATURALES
" Deje clara al niño la norma y la consecuencia natural que
se le aplica
" Presente alternativas y deje que el niño escoja
" Sea firme y amable. La firmeza se refiere a la constancia en el
comportamiento. La amabilidad a la forma de presentar las alternativas.
" Hable menos y actúe más.
" Evite las peleas y las broncas: muestran falta de respeto hacia
la otra persona
" No ceda: esto indica falta de respeto hacia uno mismo
" Si el niño no realiza la conducta adecuada, aplique la consecuencia
natural siempre y sin excepciones
" Déjele probar un tiempo después. Si vuelve a hacerlo
mal, alargue el tiempo antes de que pueda volver a probar.
" Sea paciente: las consecuencias naturales y lógicas tardan
en ser efectivas.
" En el caso de los niños con síndrome de Down, si
se aplican con constancia, se acaban incorporando a sus rutinas diarias.
Articulo Aportado Por: Mary Vasquez de Zegarra
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